España: La del Himno sin letra y SIN ETIQUETAS

Written by Frank Calviño

Existen solo tres himnos en el mundo que no tiene letra: el de Bosnia-Herzegovina, el de San Marino y el de España. Y como españoles, eso es lo mejor que podría pasarnos.

Para muchos españoles, este tema de no poseer letra en el himno es materia pendiente, motivo de burla o inclusive, de vergüenza. Por ello durante siglos se ha intentado – en al menos diez oportunidades de manera oficial – ponerle una letra al himno español. Ponerle palabras a la Marcha Real, llamada originalmente Marcha de Granaderos. Un empeño en el que han participado por igual dictadores, poetas, presidentes, literatos, monarcas y músicos. ¡Qué equivocados están! Qué el himno español no posea letra, es lo mejor que podría pasarnos.

El escuchar esas notas, sin rimas tontas y sobre todo sin frases que etiqueten al pueblo español, dejando cabida a que los españoles seamos como somos y no como un himno nos pretende clasificar para la eternidad, hace de La Marcha Real uno de los himnos más solemnes, sinceros e inclusivos del mundo. Quienes escuchan La Marcha Real no reciben una descripción poética y parcializada de España (politizada inclusive en la mayoría de los himnos) sino que tienen la oportunidad de SENTIRLA. De disfrutar, sin ideologías, de un pedacito de la cultura española.

Es necesario reflexionar sobre esto a través de la comparación, por odioso que sea, para entender el verdadero valor de nuestro himno. La célebre Marsellesa, en sus “gloriosas” líneas incita a sus ciudadanos a “formar los batallones”, les advierte sobre un enemigo que viene a “violar sus mujeres e hijos” y les pide que rieguen los campos con la sangre de sus tiranos y citamos “¡Que una sangre impura abreve nuestros surcos!”. El tono general de la lírica de La Marsellesa es de venganza, de odio, de incitación a la guerra, a la rebelión. Difícilmente es un himno que uno pueda cantar en una situación otra que no sea una revuelta, un asedio, o una revolución con Robespierre cortando cabezas. Ese es el drama. Si se siente y si se entiende de verdad la letra de La Marsellesa, entonces no tiene cabida cantarla en un estadio de fútbol o, cómo pasó hace poco, como respuesta a un atentado. ¿Qué cantaban los franceses ese día? ¿Mandaban un mensaje de paz orientado a la unidad nacional y de respeto y valor para las víctimas del ataque terrorista? ¿O estaban amenazando a Isis con regar los campos de la Campiña francesa con la sangre de los asesinos del Califato? ¿Era una canción solemne o un grito desesperado de venganza?

Cantar La Marsellesa a pleno pulmón hoy en día, en pleno siglo XXI, implica ignorar – al menos parcialmente – el significado de su letra. Sino hacemos esto y de verdad sentimos y deseamos todo lo que La Marsellesa dice, seríamos entonces según los modernos estándares, unos salvajes. Ese himno no tiene cabida en la modernidad occidental de tolerancia, inclusión e institucionalidad democrática que hemos construido. La Marsellesa se quedó obsoleta. Y los franceses están atrapados, para la eternidad, con un canto de guerra propio de eras pasadas de violencia, sangre y desolación. Lo mismo le sucede a los Americanos, aunque en menor medida, con muchos de sus himnos nacionales. El de Venezuela – del que hablo con propiedad por haber vivido y nacido allí y ser y sentirme tan español como venezolano – está completamente desfasado.

Ese “Gloria al Bravo Pueblo” triunfal no hace justicia al pueblo venezolano, que en este momento ni se siente bravo ni mucho menos glorioso. Y usted podría argumentar que estoy siendo mezquino porque juzgo al pueblo por sus últimos 20 años de caída caótica y desenfrenada en la ruina moral y económica. Pero la realidad es que NINGUNA revuelta en la historia de Venezuela ha sido producto de una reacción espontánea emanada de un “pueblo hecho de una pasta especial, heróico, bravo”. Ninguna revuelta en la historia de Venezuela ni tampoco en la historia del mundo. Eso es falso. Los pueblos no poseen una conciencia de colmena colectiva que los haga “sublevarse” contra sus tiranos por motus propio. A los pueblos hay que liderarlos.

Pensar lo contrario es prepotente, demagógico y sobre todo, FALSO, porque parte de la premisa de que existen pueblos “bravos” y pueblos “débiles”, pueblos valientes y pueblos cobardes. Y la realidad es que ningún pueblo es superior a otro. Nadie está por encima de nadie. Ni los alemanes ni los judíos. Nadie es el pueblo elegido. Todos somos igual de idiotas o de sabios, como usted quiera verlo. Y en el himno de Venezuela hay un clamor, un argumento central, que es el de la superioridad del pueblo Venezolano. Una superioridad que, escuchado por un hermano colombiano o ecuatoriano da cuando menos, risa. No hace mucho un compañero cubano me preguntaba “¿Gloria al Bravo Pueblo que el yugo lanzó? ¿Qué yugo asere? Que yo sepa ustedes están tan jodidos como nosotros” Tenía razón.

Sin etiquetas, sin demagogia, un himno donde cabemos todos

Pero es que el problema va más allá de una mera reflexión poética o sociológica. Los himnos tienen un enorme poder. Forman parte de uno de los instrumentos más efectivos para establecer las cualidades y etiquetas que determinan la imagen mental que nos hacemos de cada pueblo. Durante décadas, el Gloria al Bravo Pueblo de Venezuela fomentó, pregonó y difundió la idea de que el pueblo Venezolano era inconquistable, rebelde, valiente, y que se alzaría ante cualquier opresión. Una idea tan arraigada que aún hoy en día se establecen estrategias políticas enteras sobre esta noción: “vamos a marchar que el pueblo se alza y esto se acaba” o la típica frase de “el chavismo va a durar hasta que el pueblo se arreche, y ahí cuando bajen los cerros se van a enterar. ¡Este pueblo es bravo!” No, señores, no lo es. Es normalito. Como todos los pueblos.

Y lo mismo se aplica a las demás naciones: los Estadounidenses no son en exclusivo “el hogar de los bravos” – a menos que sea de los Bravos de Atlanta – y si se descuidan, quizás hasta dejen de ser “la tierra de los libres” muy pronto, y los británicos le piden un corolario de cosas a su majestad que la Reina difícilmente cumple, mientras le envían un montón de buenos deseos que ellos difícilmente sienten. Lo mismo pasa con rusos, portugueses, chinos y pare usted de contar. Los himnos con letra son una captura en el tiempo, una fotografía de un momento histórico en el que esa letra tenía sentido. Y en su inmensa mayoría, ahora están obsoletos, o etiquetan y clasifican a su pueblo injusta y prepotentemente.

La Marcha Real de España, sin embargo, no etiqueta al pueblo español. Lo mismo sirve para una república que para una dictadura, para una monarquía que para un estado federal. Es la canción de izquierdistas y derechistas, de peperos, ciudadanos y socialistas. Es un himno que no discrimina, que puede ser de todos si usted así lo siente.

Al escuchar sus notas, los españoles sabemos que tuvimos aciertos y errores, que en algún punto tres cuartas partes del reino fueron califato, que en otro momento casi nos extermina el hambre y la guerra, que nos alzamos para ser el imperio “donde no se ponía el Sol” y que nuestros hijos americanos se sublevaron y nos dieron el golpe de gracia mientras nos defendíamos, a duras penas, del invasor francés. Que hemos sido grandes y pequeños. Moros y Cristianos. Gallegos y Andaluces. Ricos y pobres. Que no somos más especiales que nadie, ni necesitamos sentirnos así. Y sobre todo, que aunque pasen los siglos, nuestro himno no quedará nunca obsoleto porque su letra son las memorias que evoca en cada uno de los españoles al escuchar sus notas, recordándonos que con sus errores y sus aciertos, esa melodía es la canción de casa.

Estas y otras historias sobre la pluralidad y el liderazgo son recopiladas por Business Initiative Directions en fomento de la Cultura de la Calidad y la Excelencia.

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Frank Calviño

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