El Rey León: Un líder debe ser útil

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Entre los ancianos Maasai existe la costumbre de reunir a los jóvenes que van a practicar el Olamayio -la cacería ritual de un león para convertirse en hombres- y narrarles la siguiente historia.

Había una vez una manada de leones que cazaba cerca del Ngorongoro. Era una manada fuerte, las hembras pasaban de la docena y eran todas excelentes cazadoras. Su territorio estaba surcado por las rutas de paso de las gacelas y los ñu, tenía suficientes pozos de agua, y en la esquina norte, cerca de las faldas del lago Magadi, vivían rebaños de elefantes, hipopótamos y jirafas.

La manada estaba presidida por un león mayor, un macho enorme que se pasaba los días durmiendo y comiendo. Su melena era brillante y rojiza con atisbos negros, como si estuviera hecha de carbón y fuego, y sus patas eran grandes como las de un rinoceronte. Su rugido era terrible ¡Parecía el trueno golpeando la Sabana! Junto a él vivía su hijo. Un joven macho de melena negra y cuerpo atlético que, al contrario de su padre, vivía saltando de un lado para otro. El joven macho cazaba a diario. Perseguía a las hembras y emboscaba gacelas con ellas. Su padre lo miraba bostezando y resoplaba con resignación.

Con el paso del tiempo, el joven macho se fue convenciendo de que su padre era un flojo sin remedio ¡Las hembras hacían todo el trabajo! Ellas cazaban las presas, traían la comida al árbol de la manada, cuidaban las crías, procuraban la seguridad en los pozos de agua y aún tenían tiempo para acicalar al gordo rey león y yacer con él cuando este así lo quería. Harto de tanta injusticia, el joven macho confrontó un día a su padre:

¿Por qué no haces nada? ¿Por qué pasas todo el día tumbado allí como un gordo hipopótamo, levantándote solamente para ir a beber al río? ¡No vigilas los pozos de agua, no espantas a las hienas, no cazas a las gacelas, ni siquiera ruges! ¡Tu ya no eres un León! ¿Por qué tendríamos que seguirte? ¡Yo no entiendo como las hembras aún te obedecen! 

El viejo macho miró de soslayo al joven león, bostezó y exclamó somñoliento:

Me obedecen porque no es líder quien quiere, sino quien es útil. Y ahora lárgate y regresa cuando sepas rugir con verdadero propósito y no como un cachorro. No me molestes más y déjame descansar en paz. 

Atónito, el joven macho rugió con fiereza, pero su rugido no se acercaba al poderío del viejo león, no retumbaba como un trueno, no sacudía la Sabana.

ngorogoro

El joven estaba ofendido y confundido. Así pues, con ánimo vengativo, se fue a hablar con cada una de las hembras, buscando ganar apoyos para retar a su padre y quitarle el liderazgo. No consiguió que le escuchara ninguna. Ni las más jóvenes, ni las más viejas querían saber nada de sus quejas. Furibundo se fue a hablar con su madre, que era la mayor de las leonas, para exigirle respuestas. El joven macho explicó su posición, le aseguró a su madre que él si cazaría, que él sí colaboraría en cuidar el árbol de la manada, en vigilar los pozos de agua, en perseguir a las hienas. Su madre, sonriendo, le contestó:

Tus promesas son vacías hijo mío. Nada de eso es requerido de un rey. Un rey tiene una responsabilidad distinta, una responsabilidad vital. Deja a tu pobre padre en paz y no insistas más. Ninguna de las hembras te apoyará. Las hembras, como debemos cazar para que todos vivamos, maduramos más rápido que los machos. Todas ellas ya lo han comprendido. 

Y así se fue la vieja leona, a revisar los pozos de agua y a espantar a las hienas. Su hijo, presa de la furia se lanzó contra un árbol cercano y lo destrozó a zarpazos. ¿Qué era lo que las leonas habían comprendido y él no? ¿Qué tenía que comprender? El joven león no entendía como podía ser útil su viejo padre ¡Si pasaba todo el día tirado allí! ¡Y lo que es peor! No entendía como las hembras le mostraban una devoción tan sumisa y absoluta, tratándole con un amor y una dedicación que era incomprensible pues el viejo león, no servía para nada. Con las últimas luces del día, el joven macho decidió que no aguantaría una temporada más allí. Ya no se sentía a gusto en la manada. Se largaría, formaría una manada propia y haría las cosas a su manera.

Pero ese año la temporada fue extremadamente seca y al joven macho no le dió tiempo a huir. No llovió ni un solo día. Los pozos de agua se agotaron, las hienas huyeron del territorio, los hipopótamos habían desaparecido junto con las jirafas y ¡Aún peor! No había ni rastro de las gacelas, ni de los ñus, ni de los impalas. No había nada que comer. Lo único que quedaba en la yerma y seca Sabana del Ngorongoro, eran los eternos e inmutables elefantes. Así las hembras fueron trayendo cada vez menos y menos alimento, cada día estaban más y más flacas y las pocas presas que atrapaban, animales pequeños y roedores, iban a parar a las fauces del rey león. En un par de meses la manada estaba famélica y moribunda. Hasta el joven se encontraba raquítico y desganado. El único en condiciones de cazar era su padre, que antes gordo, ahora había perdido peso pero seguía fuerte y sano. Entonces, un día cuando las hembras ya no podían ni caminar, pasó lo inconcebible.

El viejo león se levantó de debajo del árbol de la manada, caminó hacia una roca cercana, se trepó a ella, y desde lo alto emitió un rugido atronador. Las hembras saltaron de su estupor, el joven se paralizó del miedo. El tronar del rugido retumbó contra la inmensidad de la Sabana y las rocas y los arbustos temblaron sacudidos por el eco. A lo lejos una familia de elefantes arrancó a correr aterrorizada. Y el viejo león se lanzó tras ellos. Fue una pelea atroz, horrible y sangrienta. Pero al final del día, un elefante yacía moribundo, desgarrado su cuello por las afiladas zarpas y potentes mandíbulas del viejo macho. La manada entera de leones se acercó en silencio al sitio de la batalla. Habían visto el combate desde lejos, demasiado asustados y demasiado débiles para involucrarse. Las leonas nunca atacarían un elefante, era un presa temible, una muerte segura. Y sin embargo, era lo único que quedaba en el territorio para comer, la única oportunidad de sobrevivir para todos ellos.

En silencio, una a una las hembras se lanzaron sobre el elefante muerto y comenzaron a comer. Con suerte, esa presa les permitiría sobrevivir hasta la llegada de las primeras lluvias. El joven macho corrió entre las leonas, aterrado porque por fin había comprendido a que se refería su madre. Recostado contra una piedra, resoplando con dificultad, su viejo padre agonizaba. Sus patas traseras estaban rotas, trituradas por un monumental pisotón del paquidermo, su cuerpo tenía muchísimas costillas fracturadas producto de las embestidas de su presa, y lo que era peor, un colmillo le había atravesado el corazón como si fuera una lanza. Aún así el viejo león había peleado hasta derribar al elefante. Tendiéndose frente a su padre el joven macho le acarició la frente. El viejo león había muerto para que la manada pudiera vivir. Ahora el joven comprendía porque las leonas lo protegían, ahora el joven entendía porque su padre era útil, porque era el líder, porque era el rey. Mientras el anciano león daba sus últimos suspiros el hijo se arrodilló a su lado y suavemente le dijo:

Tenías razón. Ahora he comprendido. Solamente espero, algún día, poder ser tan útil como lo fuiste tú. 

Y mientras el padre moría el joven león rugió, por vez primera, con verdadero propósito. Y su rugido fue tan potente como el trueno y retumbó al golpear contra la Sabana desnuda. Había nacido un nuevo rey.

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Estas y otras historias sobre Liderazgo, Organización, Eficiencia y Calidad son narradas y promovidas por Business Initiative Directions, en procura de la excelencia y la Cultura de la Calidad.

 

 

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